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La semana de un vistazo

La semana que voy a dar por concluida en breves momentos -el tiempo de terminar esta nota, lavarme los dientes, abrirme camino hasta el sobre entre el caos y el desorden de mi casa- no fue de las más fructíferas en lo laboral, pero fue singularmente variada en lo personal. Voy a dar cuenta sólo de algunos, sin otro criterio de selección que el propósito de no extenderme.

Tuve el primer contacto con una futura nueva amiga, que vino a verme requiriendo mi infinita sabiduría y competencia profesional. Por las pocas referencias que tenía del tema, presumí que acabaría desalentándola en sus propósitos. Pero me atraparon su proyecto, su entusiasmo y la convicción con que lo transmite. Espero de corazón tener finalmente la oportunidad de echar todos los cables que en mi mano estén.

Rosa la lió parda, y tuvo sus quince minutos de buzz en facebook, con la inestimable ayuda de Rai. Además de las sonrisas, el sucedido nos vale para reflexionar sobre el uso de los comentarios a los mensajes de facebook, y las normas de netiqueta aplicables cuando queremos extraer una conversación de un entorno privado como una red de amigos en facebook y dar cuenta de ella en otro foro del todo ajeno a sus protagonistas, como pueda ser nuestro blog.

Llegó S.A.R. la Nuur de Londres, en un parón obligado en su inmersión linguística, a requerimiento del INEM, que ya la venía echando de menos. Como yo. No es nada fácil lo que está haciendo la Nuri, y ya se van haciendo muy largos los meses, a los dos. Afortunadamente, ya sólo queda afrontar la última etapa de su viaje, y la tendremos otra vez entre nosotros para las vísperas de navidad, con fuerzas renovadas para seguir trasteando y revolucionando nuestra apacible existencia.

Echaron a la niña terrible ésa de Pekín Express.

Guti inició su particular periplo de redención, que debería devolverle al primer equipo antes de que acabe el adviento, por lo que cuentan.

Y como vino la Nuri se volvió, después de tres días que se nos escaparon entre los dedos. La dejé en el aeropuerto que cogiera su vuelo habitual. Volví a casa, apenas cené, y recordé que tenía un blog. Supongo que para estas cosas.

Nota: la fotografía es de Edvill, y está publicada en flickr con todos los derechos reservados, incluido éste que le doy. Pero como no creo que le importe, la fotografía me gusta y combina muy bien con la cabecera del blog, me he pasado la licencia por ahí. Si vosotros por vuestra parte pensabais darle otro uso, avisados quedáis de que queda excluida de la licencia creative commons que resulta de aplicación al resto de los contenidos de este blog.

Haced sitio

bebe-chupete.jpgNueve del nueve del nueve. Hoy ha sido un día verdaderamente largo. El día de la bestia inversa, el día mundial sin gatos en internet, el día que (re)volvieron los beatles, otra vez, en su versión más acicalada. Una fecha fácil de recordar y proclive a las cábalas, en el que hasta Apple trasladó su tradicional martes de keynote al miércoles, para hacerlo coincidir con la fecha mágica, y los chinos se daban por millares al botellón matrimonial en el día mundial de la longevidad y el amor eterno.

El día, para algunos, comenzaba muy pronto. A las cero y cinco se asomaba al mundo Pableras Laorden, entre la expectación general y los dolores de su madre -no la llaméis dolores-.

Otro Laorden al que cuidar y del que cuidarse. Otro amigo que nos ha nacido. Otro más para el pelotón de la esperanza, para pelearle el balón al desaliento que cunde pero no agota ni mata en esta ciudad y este mundo que le aguardan, propicios, al calor de esta noche que ya es el día de mañana.

El desencanto

imagesIgual que a tí, a Chus le pone mucho votar. Hasta donde sabemos, ha santificado siempre las jornadas electorales, todas, cada una, como un sacramento civil. En una primavera tardía como la de hoy, pero veinte años atras, se recuerda estrenando su voto, en otra ciudad entonces, tambié con otros rostros encaramados sobre las farolas de las avenidas que ya presagiaban en lo que iban a convertirse estas juergas electorales europeas. En las principales avenidas y plazas, Morán y Oreja -el otro Oreja, Marcelino-, bregados veteranos disidentes maniatados por el siempre efectivo sistema de la patada hacia la cumbre. Primeros espadas de la periferia política en el siempre delicado trance de reconocer tiempos mejores -Garaicoextea, Bandrés-. Un exalcalde populista hasta en lo pintoresco (Pacheco), y un personaje bizarramente pintoresco hasta en la arena de lo populista (Ruiz-Mateos), que acabaría campeón entre las aguas siempre favorables a este tipo de excentricidades electorales que son, han sido y serán las elecciones europeas. Representantes de la verdadera izquierda izquierda oficial (Perez Royo) y de la otra -Carrillo, sí, ya terminando sin terminar de jubilarse, cúantas nueces, veinte años-.

Veinte años han, el voto por estrenar y una mañana tan parecida como puedan parecerse dos mañanas frescas de junio. Como habría de sentirla yo unos años después, sentía entonces Chus aquella excitación primitiva a la  habría de habituarse con los años, excitación en todo caso nada original y apenas espontánea, reglada por la vana experiencia de los otros, los antecesores, los diplomados en el estreno democrático de la entonces aún cercana primavera del 77. Sus padres, sus educadores, los comunicadores sociales y directores espirituales de la tribu, tertulianos en boga y otros apóstoles, que le habían enseñado a venerar la fiesta democrática, a honrar al padre y a la madre.

Aquellos hombres y mujeres que olían a octavilla, a tinta de imprenta, que exudaban la feromona de la democracia, embridaron el sentir de los que estábamos por llegar. A Chus, a tí, a mí, que heredamos un camino pautado como se heredan los libros de texto de los hermanos mayores, con las premisas subrayadas, los esquemas dibujados, y las páginas ajadas como un sendero hollado por los que pasaron antes.

Así que vota siempre. Normalmente a su partido, a veces no.
Porque Chus es como tú, es de un partido, al que apoya y castiga según la marea que viene y va. Aunque, según lo ve Chus, es el partido y no él quien bandea en sus principios y sus finales, en sus propósitos y actuaciones. Mientras que él ha conseguido mantenerse y respetar, a lo largo de los años y desde aquellas primeras elecciones, el contorno de lo que le gusta llamar la zona técnica ideológica, la parcela en la que le está permitido moverse con libertad, dentro de unos límites establecidos y acatados, como la del entrenador de fútbol al que se le permite gritar, arengar, dar instrucciones, vocear la conciencia desde un lugar restringido de la banda.

Habrá un poso de censura en su mirada si escucha o deduce en la actitud o el comentario fugaz de otro que no entra en sus planes el no ir a votar el domingo. Es gente muy discreta, Chus, y radicalmente respetuosa, así que no dice nada, pero le asoma por los ojos el corazón helado, y hasta se diría que le reza – como tú- a los dioses del sufragio por las almas descarriadas y abstencionistas. Hay que votar siempre, te dice a veces, sólo sea por los que en su día no pudieron o por los que en un futuro quién sabe si podrán hacerlo, y cosas así. Pero no es eso, ni siquiera se parece a eso. Es el fervor apasionado por la fantasía democrática, el recuerdo de aquella mañana iniciática, de los recién aprendidos y del calor de la ideología y la historia acariciándole la piel cada cuatro años.

Pero hasta la paciencia de los más lascivos se agota, si son mínimamente exigentes en el decoro, en las formas. Y Chus cree, ha decidido, viene sintiendo desde semanas atrás, que no votará hoy. No por desencanto, pues nunca calaron en él las consignas ni los eslóganes, ni ahora ni antes, y la naturaleza o la experiencia le dotaron con fortuna del descreimiento necesario para eludir sus envites más burdos, la cantinela oficial. Las cosas importantes se deciden en Bruselas, le decían, y por eso prefirieron mandar el parlamento a Estrasburgo, donde no pudieran molestar, contestaba él, y se iba a votar, igualmente, y a las ocho de la tarde se encerraba en capilla, escuchaba los sondeos ‘a pie de urna’ -¿no es gracioso, el lugar común?-, rehacía sus cálculos, celebraba resultados, masticaba la decepción hasta la última gastada palabra de las tertulias radiofónicas, disfrutaba.

Lo que ocurre, llanamente, es que ya no le excita, la margarita. Ya no queda quien le mienta con un mínimo decoro, quien le seduzca con engaños susurrados al oído, que le engatuse con fantasías que en nada se parece a la propuesta mezquina y sórdida de este domingo, al polvo rápido a horcajadas sobre la urna y los pantalones arrastrando por el suelo del colegio electoral.

Por eso, cuando vuelve de la pastelería y los periódicos y es todavía tan temprano que apenas acaban de abrir las mesas en el polideportivo y se percibe aún difuso de lo que ha sido el inicio de la jornada en el trajín de los policías y los componentes de las mesas todavía afectados por la tensión de la novedad, sabe que no debería ni siquiera asomarse a echar un vistazo, ni comprobar siquiera si se acordó de echarse la documentación a la chaqueta. Que la agitación y el galopar de la sangre serán cuestión de minutos, mientras se acerca a reconocer su papeleta de entre los montones y hasta que escuche su nombre y alguien lo compruebe en la lista y le devuelvan su carnet con amabilidad. Que cuando se quiera dar cuenta estará de vuelta a la calle, con el cruasán, con el periódico, y entonces se sentirá como un imbecil al menos por lo que resta de día. Como te pasa a tí. Como me pasa a mí.

Eugenia

En estos momentos desde los que escribo, Eugenia, la niña de Jaime y MNK, cumple dos días y debe de estar cambiadísima desde la última vez que la ví.

Como Jaime es uno de esos tres que os pasáis por aquí regularmente, se que se las ingeniará para trasladarle mi regalo al llegar a casa.

El vídeo es obra de Cassidy Curtis y Raquel Coelho, de San Francisco, y ellos mismos cuentan cómo lo hicieron.

Yo lo ví en un mal día para dejar de fumar.

Casa del libro

1984Desde que me hice autónomo, emprendedor -diríamos mejor emprendido, por la fuerza de las circunstancias-, o lo que fuera que me hice, disfruto y padezco de libertad de horarios. Así que puedo racionalizar mis compras, optimizar mi tiempo, adecuar mis desplazamientos para evitar las horas punta, limitarlos en la mayor parte de los casos, ese tipo de cosas.
Pero como la fuerza de la costumbre parece ser una fuerza mayor, acabo en una conocida librería de horario amigable para los que trabajan hasta tarde. Una librería pringaos friendly, digamos por decir.

Dentro de la tienda, en este vaticinio de primavera, un grupo de chicas con trazas de haber dejado el uniforme atrás horas antes, con las primeras pinturas de guerra y la promesa del primer puente de la recién estrenada temporada en perspectiva.

Hacen la cola en manada, como esperarían turno en los probadores del bershka, pero con las manos libres, por una vez. Una de ellas -la más resuelta, la más pinturera, la más- viene a comprarse un libro por prescripción docente -1984- que debió empezar a leer semanas atrás, y anda apurada por las fechas. Ha elegido la edición en rústica de Destino, tapa blanda.
Como resuelta no es sinónimo de espabilada, la amiga de la camiseta sin mangas le recomienda que.

Para la amiga sin mangas se ve que no es su primera vez, que ha frecuentado este tipo de lugares antes. Se descubre cierta familiaridad con los formatos, en las maneras de guardar turno, de preguntar al dependiente por una edición de bolsillo, que le busque mientras esperan, total, va para rato.

El dependiente gasta chaleco y flequillo y barba de dependiente de multicadena de librerías reglamentarios, huelga decirlo, y parece habituado y poco pendiente de la manada. Claro que él tiene cosas que hacer, y no solo buscar el libro de bolsillo, preocupaciones y tareas antes del cierre. También sueños y anhelos y urgencias, en eso los dependientes de chaleco verde y pantalón a la cadera no gozan de exclusiva, abundan entre los individuos de cualquier especie o condición, incluso entre los que trasiegan la calle ahí fuera, con los cierres de las tiendas de moda a medio echar y las flores nocturnas invitando al paseo despreocupado y los edificios de oficinas iluminados, algunos despachos sueltos pero en su mayoría iluminando plantas completas, planta sí, planta no, cualquiera diría que no descansan ni en vísperas de puente ni en vísperas de crisis, los gerentes de la cosa, los administradores de sistemas, los abogados de pleitos nobles -tengas y los ganes-, los contadores de la caja del sastre.

Pero los que conocemos el paño y guardamos la cola sabemos que en la mayoría de los casos ya no queda apenas nadie, son sólo las limpiadoras, debería decir limpiadores tal vez, y evitar la generalización de género aunque nadie me escuche y hable sólo para mí, y hay entonces una desazón levísima que me distrae, un aguijonazo de pudor, aunque enseguida le retomo el hilo a la conversación de las chicas del libro de orwell, lo ha mandado Iglesias, el de historia (¿historia?), yo también tengo mis cuitas y mis premuras y un recado pendiente, pero a diferencia del chico del chaleco nada que hacer mientras aguanto la espera y el portátil al hombro -quilos y quilos y quilos a estas alturas del día que se fue-.

Por lo que voy coligiendo hay que tenerse leido hasta el capítulo 9 para el lunes. Será para el miércoles. Cómo para el miércoles, no, para el lunes, es para el lunes, no deja lugar para la duda el tono asertivo de la amiga de las gafas grandes, la segunda, que no disimula un tinte último de satisfacción en sus palabras, como un triunfo, una vindicación que refulge a través de las gafas de pasta pastel, pensadas para unos rasgos más definidos que los suyos. Ella no es resuelta ni espabilada ni frecuenta librerías ni le sientan los tirantes -aún-, pero ha ido leyendo con aplicación cada capítulo a su tiempo y sabe calibrar nueve capítulos para el lunes en su justa dimensión.

Y cada capítulo cuanto dura. La acepción del término duración, insólita para mi mente analógica, no sorprende en la manada de nativas digitales. Dura ésto más o menos, y ésto es un número determinado de páginas prendidas entre sus dedos, se lee fácil, y al decirlo se aligera por un momento la carga de la deuda y asentimos con aprobación, las otras dos amigas que no dicen nada y yo, en verdad es razonable multiplicar por nueve, dividir el resultado por lo que da de sí un puente de primavera largo como una semana santa y sonreir: se lee fácil.

Será para ti. Será para ella. Que no se chine, que la de los tirantes se lo cuenta, si quiere. Se lo sabe de memoria, total, ya se lo había leído el año pasado para ella.

Alguna irracional consigna ha debido cundir entre la población más adolescente para determinar que este año se lleven las bambas y los pantalones blancos, y nadie me ha pasado en informe. Yo venía por una guía de viaje, que me encargó la Nuri, y acabé con la biografía de Benedetti, escrita por Hortensia Campanella, reputada crítico literario, directora del Centro Cultural de España en Montevideo y a la que yo desconocía absolutamente hasta hace un rato, cuando me dió por leer la mención de la contraportada la cajera apuraba los últimos trámites con la pandilla piruleta -la edición de bolsillo, que ya apareció, la bolsa, el tique-, mientras pensaba por un momento en el tal Iglesias, que será posiblemente un hombre más o menos de mi edad, o en todo caso de una edad más aproximada que la de esas chicas que ya salen por la puerta para regresar a ese otro universo del que fuimos expulsados anteayer (cómo, en qué momento), y sigo pensando ahora que ya se marcharon, en qué momento dejaron de llegarme los informes, tal vez el día que empezé a decir bambas, colegir, ese tipo de cosas.

R’n'río

Durante este fin de semana y el anterior hemos tenido la oportunidad de seguir a través de la 2 los conciertos del recital/festival Rock in Rio de Madrid, cosa que se agradece pese a la más que mala calidad de alguna de las emisiones, como la de toda la tarde noche de ayer.

El viernes por la tarde estuve pendiente de Amy Winehouse el rato que pasé en casa desde que llegué del trabajo hasta que salimos a tomar unos cacharritos a la terraza de guardia más cercana.

Si alguien me preguntara por ello, diría que soy un profundo analfabeto en lo que a la actualidad musical se refiere. Tanto es así, que incluso en ocasiones todavía escucho la radio, he de confesar. Y que me conformo con un repertorio para el que me viene holgada la capacidad de cualquier -digo bien, cualquier- reproductor mp3 disponible en el mercado. Así que poco que ver con los incondicionales de la de Southgate (ah, la wikipedia) que se agolpaban en la tarde del viernes buscando la sombra que propiciaba el enorme escenario levantado en Arganda del Rey -seis pisos, proponía Toni Garrido desde los micrófonos  de La 2 como unidad de medida inprovisada y manejable, seis pisos, veintitantos metros.-

Como decía el personaje de Kevin Costner en Campo de Sueños refiriéndose a su mujer: ‘teníamos mucho en común, ella era de Iowa y yo había oído hablar de Iowa’. Hasta el viernes por la tarde, yo sabía de AW por los ecos mediáticos de recientes fiascos paramusicales y porque había leído su nombre entre las preferencias musicales de mis contactos más insultantemente jóvenes de mis redes sociales. Lo que ví desde el sofá de mi salón fue lo más parecido a la novia coñazo de Chandler Bing (Janice-oh-dios-mío) que se hubiera podido encontrar, como si la hubieran arrastrado de su camerino en mitad de un polvo vespertino y con el moño a medio hacer, librando una batalla sin cuartel con su vestuario, su sentido del equilibrio y unas bragas que debían de picar lo suyo. Cantaba AW perezosa y plácidamente enajenada, entre cambios de calzado y coletazos de sangría preparada por la responsable de camerinos Ingrid Berger con sus propias manos. Pero cantaba, y en mi primera aproximación a la perla del soul moderno y bajo mi iletrado parecer, lo hacía desganadamente bien -todo lo bien que dejaba entreoir la deficiente retrasmisión-, y desde mi sofá me preguntaba cúanta de aquella otra gente estaría como yo, pendiente de cualquier resbalón, de cualquier pájara, deserción o salida de tono que nos entretuviera la noche.
Yo no me quedé mucho más, se hacía tarde y había hambre y sed de justicia. Los cronistas de la cosa coincidirían horas más tarde en señalar que la cantante británica había ofrecido un concierto elegante y aseado en su fugaz visita a la vega madrileña. Y que se había portado bien.

Algún rato más tarde, satisfechos los apetitos más confesables y rendidas las fuerzas al influjo y el reflejo de las lunas destiladas, volveríamos al mismo escenario. Como dice mi amiga MNK y yo no me canso de repetir, Shakira puede que sea la tía que más partido se saca del mundo. Bajita, ancha de culo y con poca teta, es capaz de soliviantar medio planeta con cada baile hasta ponernos a mugir. Naturalmente, la cita no es literal, MNK es muchísimo menos ordinaria, pero creo que me ajusto bastante al espíritu de la letra.

Notal margen: Próximamente podríamos seguir hablando de Estopa, de Police, e incluso de Dylan -si Nadal o Federer cejan en su inhumana actitud y le conceden el partido al otro de una maldita vez-.

Sin tetas no hay escrituras

Esta mañana, en el Club de Lectura de A vivir que son dos días, Marco Schwartz hablaba de su nuevo libro “El sexo en la Biblia” junto a Óscar López, Manu Berástegui y Montserrat Domínguez.

Decían que la Biblia es el mayor culebrón de sexo y violencia jamás contado. Supongo que sí, en lo que se refiere al Antiguo Testamento. En el nuevo, la cosa se pone mucho más austera y políticamente correcta.

Un día intenso

Barcelona, 11:30. El chico de la ETT que empezó ayer llega a trabajar 3 horas tarde. Viene directamente de la comisaría, de denunciar el robo de su coche. El jefe de su departamento se muestra de lo más considerado. “Me dejas de piedra. No sabía que la gente todavía robaba coches”.

22 horas. Las motos bajan por la calle Balmes como una manada desbocada guiada por cabestros de cuatro ruedas. En Getafe, Braulio falla el gol de su vida.

22:50. Los coches suben por la calle Aragón a buen ritmo. Braulio marca el que podría haber sido el gol de su vida. Al final, tanta épica para nada.

1:30. Muy agradable noche en El Mediterráneo. Nos vamos dejando al cargo a los que todavía no tenían claro si mañana van a madrugar.

Hacen ruidos como blop (y dejan ir regueros)

avion-sahara-215.jpgTengo por costumbre cuando viajo solo visitar la librería del aeropuerto, de la estación de turno, y rebuscar entre los libros de autoayuda y autoéxito algún libro corto y apetecible, pero no de bolsillo, que no me sobrecargue el equipaje ni me obligue a un compromiso mayor que se extienda más allá del trayecto.

Yo soy así de banal, y de la misma manera que a otros se les antojan determinados dulces típicos de puntuales épocas del año, yo me encapricho de ciertos autores como de las camisas oscuras, simplemente por estar en la ciudad en la que piso.

De mis últimos viajes a Barcelona -esa ciudad prodigiosa donde se han editado más del noventa por cierto de los libros que he leído en mi vida- me traigo siempre la intención frustrada y las ganas de comprar algo de Enrique Vila-Matas, que es un señor al que nunca he leido y del que todo el mundo habla maravillas, tal vez por la generosidad con la que el mismo se prodiga en alabanzas y maravillas en sus artículos, en sus reseñas, en los prólogos y las solapas de los libros de otros, o tal vez no.

Entre la oferta desplegada más allá de los suvenires y las camisetas del barsa, encuentro uno -el último, el penúltimo- de los varios libros de cuentos de Quim Monzó -con reseña contenida y recóndita en la solapa de Enrique Vila-Matas-. Lo sopeso unos instantes, lo ojeo, lo hojeo, me lo pruebo, y tras comprobar que es de mi talla me lo llevo puesto, camino de la puerta de embarque, mientras calculo el tiempo que habré de remolonear antes de empezar a leerlo si pretendo que me dure hasta el aterrizaje en Barajas. Algo más tarde, ya en el avión, me doy cuenta de que el libro será más que suficiente: el cansancio de una larga jornada me invade y se confunde con el cansancio de la gente que viene de hacer cosas importantes.

A mi lado viaja una mujer de mediana edad, con peinado funcional, gafas de montura discreta y ropa tan aburrida como la mía. Consulta una presentación impresa en papel apaisado, y sostiene en su mano una Blackberry, pero no la mira. Pese a ser uno de los últimos vuelos de una tarde entre semana, el avión va lo suficientemente desocupado como para permitir que dejemos libre el asiento central, como en los pasajes de primera, y la mujer pueda acomodar el bolso, el abrigo, un pañuelo a rayas y una cartera de piel, y mi codo pueda aún encontrar sitio en el reposabrazos que me queda más cercano sin incomodarla demasiado.

Cuando despierto, la mujer de al lado toma notas sin cesar en una agenda, con esa ordinaria manía que tenemos los occidentales de trabajar en público, como la de hablar a gritos por en móvil. Sigo leyendo:

En el sueño que tuve justo después de que Beristain muriese de cáncer todo eso no había pasado. Había pasado que Beristain había muerto hacía unos cuantos meses, eso sí, pero yo no me había separado y el piso funcionaba todavía como picadero, aunque por falta de tiempo no iba nunca. Hasta que una noche, la noche de ese sueño, sí que voy. Llego con una chica, con la que me abrazaba ya en la escalera. pero cuando abro la puerta con la llave encuentro el piso completamente lleno de gente. [...] Hay tanta gente -docenas, quizás un centenar de hombres y de mujeres que follan en las camas, amontonados como pueden- que no queda espacio libre. Hay tantos que no caben en las habitaciones y tienen que hacer cola delante de las puertas, esperando turno para entrar. Mientras esperan se besan, se acarician, se tocan… Cuando me ven llegar me miran con cara extrañada, como si preguntasen “¿Éste quién es?”, o ¿Qué viene a hacer ahora aquí?” Yo me pregunto “¿Qué hacen estos aquí, de dónde salen, qué hacen en mi piso?”

Pronto descubro que lo que ha pasado es que Beristain un día dejó la llave a alguien, antes de caer enfermo. Ese alguien hizo una copia. Y de la llave de ese amigo hizo una copia otro, que a su vez se la dejó a otro, que hizo otra copia. Cuando Beristain murió el ritmo se aceleró y, uno tras otro, todos se iban dejando la llave para hacer copias, de forma que ahora resulta que centenares de personas de la ciudad tienen copia de la llave del piso y la utilizan cuando quieren.

Me indigno de la cara que tienen, ellos (por ir pasándose copia de la llave de un piso que no es suyo) y Beristain, por haber dejado la llave con la alegría y la poca vista que lo caracterizaban. Decido que al día siguiente cambiaré de cerradura y los echo a todos. A los que follan los separo sin contemplaciones -y cuando las pollas y los coños se separan hacen ruidos como blop, y dejan ir regueros- y les digo que se vayan. Como buenos personajes de sueño, no oponen ninguna resistencia y se van, medio vistiéndose por la escalera, decepcionados por no poder follar donde pensaban hacerlo, pero sin ninguna gran preocupación ni ningún enfado. Y mientras se van pienso que lo que han hecho es un abuso de confianza, pero enseguida dudo si me he pasado echándolos a todos y si, quizas, al menos debería haber sido comprensivo y esperado a que acabasen. Porque, si todos tienen la llave y corren por el piso como si fuera suyo, en parte también es culpa mía por haberme despreocupado de él durante tanto tiempo, por no haber ido más a menudo, por no disfrutar de la vida con la alegría y la ligereza con que lo hacía Beristain.

Quim Monzó
Mil cretinos
Ed. Anagrama
Traducción de Rosa Alapont

Bote, bote

urnaDe todas las elecciones que recuerdo haber seguido, ésta es sin duda la que he vivido con menor intensidad.

Claro que de todas las temporadas que recuerdo haber vivido, ésta es en la que menos atención recuerdo haber prestado a las cosas ilusionantes y las gentes importantes, Nuur, mi familia, su familia, mis amigos (conocidos también como éstos, en ciertos ambientes). En fin.

Hoy tenemos jornada electoral. Hoy nos vamos a sacudir el miedo y el dolor, vamos a obviar insensatamente lo inaplazable, y a entregarnos a la farsa y la comedia que supone toda cita lelectorál, poniéndo esa cara que sabemos poner cuando decimos que al menos nos queda el poder para votar y para dejar de hacerlo, y que nos lo creemos.

Esta tarde haremos un seguimiento postelectoral intensivo en twitter, que comenzará a las ocho en punto desde la casa del barbas. Estáis todos invitados a participar.

Hasta ese momento, y si todavía no has votado, te puede interesar:

  • saber cuántos votaron en tu pueblo al Partido del Mutuo Apoyo Romántico en las últimas elecciones, o cualqier otro dato.
  • resolver esas dudas que nunca llegaste a preguntar: ¿valen lo mismo todos los votos? ¿a quién beneficia el voto en blanco? ¿y si no voto?
  • consultar en el utilómetro si te compensa vestirte y salir a votar, ahora que parece que se está nublando y en tu provincia está todo el pescado vendido.

Actualización: por causas de fuerza mayor, no me fue posible finalmente seguir la noche electoral. Otro día probaremos el twitter, una herramienta ideal para estas cosas. Disculpad las expectativas frustradas, si llegó a haber alguna.

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