Durante este fin de semana y el anterior hemos tenido la oportunidad de seguir a través de la 2 los conciertos del recital/festival Rock in Rio de Madrid, cosa que se agradece pese a la más que mala calidad de alguna de las emisiones, como la de toda la tarde noche de ayer.
El viernes por la tarde estuve pendiente de Amy Winehouse el rato que pasé en casa desde que llegué del trabajo hasta que salimos a tomar unos cacharritos a la terraza de guardia más cercana.
Si alguien me preguntara por ello, diría que soy un profundo analfabeto en lo que a la actualidad musical se refiere. Tanto es así, que incluso en ocasiones todavía escucho la radio, he de confesar. Y que me conformo con un repertorio para el que me viene holgada la capacidad de cualquier -digo bien, cualquier- reproductor mp3 disponible en el mercado. Así que poco que ver con los incondicionales de la de Southgate (ah, la wikipedia) que se agolpaban en la tarde del viernes buscando la sombra que propiciaba el enorme escenario levantado en Arganda del Rey -seis pisos, proponía Toni Garrido desde los micrófonos de La 2 como unidad de medida inprovisada y manejable, seis pisos, veintitantos metros.-
Como decía el personaje de Kevin Costner en Campo de Sueños refiriéndose a su mujer: ‘teníamos mucho en común, ella era de Iowa y yo había oído hablar de Iowa’. Hasta el viernes por la tarde, yo sabía de AW por los ecos mediáticos de recientes fiascos paramusicales y porque había leído su nombre entre las preferencias musicales de mis contactos más insultantemente jóvenes de mis redes sociales. Lo que ví desde el sofá de mi salón fue lo más parecido a la novia coñazo de Chandler Bing (Janice-oh-dios-mío) que se hubiera podido encontrar, como si la hubieran arrastrado de su camerino en mitad de un polvo vespertino y con el moño a medio hacer, librando una batalla sin cuartel con su vestuario, su sentido del equilibrio y unas bragas que debían de picar lo suyo. Cantaba AW perezosa y plácidamente enajenada, entre cambios de calzado y coletazos de sangría preparada por la responsable de camerinos Ingrid Berger con sus propias manos. Pero cantaba, y en mi primera aproximación a la perla del soul moderno y bajo mi iletrado parecer, lo hacía desganadamente bien -todo lo bien que dejaba entreoir la deficiente retrasmisión-, y desde mi sofá me preguntaba cúanta de aquella otra gente estaría como yo, pendiente de cualquier resbalón, de cualquier pájara, deserción o salida de tono que nos entretuviera la noche.
Yo no me quedé mucho más, se hacía tarde y había hambre y sed de justicia. Los cronistas de la cosa coincidirían horas más tarde en señalar que la cantante británica había ofrecido un concierto elegante y aseado en su fugaz visita a la vega madrileña. Y que se había portado bien.
Algún rato más tarde, satisfechos los apetitos más confesables y rendidas las fuerzas al influjo y el reflejo de las lunas destiladas, volveríamos al mismo escenario. Como dice mi amiga MNK y yo no me canso de repetir, Shakira puede que sea la tía que más partido se saca del mundo. Bajita, ancha de culo y con poca teta, es capaz de soliviantar medio planeta con cada baile hasta ponernos a mugir. Naturalmente, la cita no es literal, MNK es muchísimo menos ordinaria, pero creo que me ajusto bastante al espíritu de la letra.
Notal margen: Próximamente podríamos seguir hablando de Estopa, de Police, e incluso de Dylan -si Nadal o Federer cejan en su inhumana actitud y le conceden el partido al otro de una maldita vez-.



Siempre le insisto a Nuur para que no salga a la calle sin un billete de 10 o 20 euros en el bolsillo, por si acaso, para cualquier imprevisto.





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