Archivos para la Categoría 'Libros a la calle'

Casa del libro

1984Desde que me hice autónomo, emprendedor -diríamos mejor emprendido, por la fuerza de las circunstancias-, o lo que fuera que me hice, disfruto y padezco de libertad de horarios. Así que puedo racionalizar mis compras, optimizar mi tiempo, adecuar mis desplazamientos para evitar las horas punta, limitarlos en la mayor parte de los casos, ese tipo de cosas.
Pero como la fuerza de la costumbre parece ser una fuerza mayor, acabo en una conocida librería de horario amigable para los que trabajan hasta tarde. Una librería pringaos friendly, digamos por decir.

Dentro de la tienda, en este vaticinio de primavera, un grupo de chicas con trazas de haber dejado el uniforme atrás horas antes, con las primeras pinturas de guerra y la promesa del primer puente de la recién estrenada temporada en perspectiva.

Hacen la cola en manada, como esperarían turno en los probadores del bershka, pero con las manos libres, por una vez. Una de ellas -la más resuelta, la más pinturera, la más- viene a comprarse un libro por prescripción docente -1984- que debió empezar a leer semanas atrás, y anda apurada por las fechas. Ha elegido la edición en rústica de Destino, tapa blanda.
Como resuelta no es sinónimo de espabilada, la amiga de la camiseta sin mangas le recomienda que.

Para la amiga sin mangas se ve que no es su primera vez, que ha frecuentado este tipo de lugares antes. Se descubre cierta familiaridad con los formatos, en las maneras de guardar turno, de preguntar al dependiente por una edición de bolsillo, que le busque mientras esperan, total, va para rato.

El dependiente gasta chaleco y flequillo y barba de dependiente de multicadena de librerías reglamentarios, huelga decirlo, y parece habituado y poco pendiente de la manada. Claro que él tiene cosas que hacer, y no solo buscar el libro de bolsillo, preocupaciones y tareas antes del cierre. También sueños y anhelos y urgencias, en eso los dependientes de chaleco verde y pantalón a la cadera no gozan de exclusiva, abundan entre los individuos de cualquier especie o condición, incluso entre los que trasiegan la calle ahí fuera, con los cierres de las tiendas de moda a medio echar y las flores nocturnas invitando al paseo despreocupado y los edificios de oficinas iluminados, algunos despachos sueltos pero en su mayoría iluminando plantas completas, planta sí, planta no, cualquiera diría que no descansan ni en vísperas de puente ni en vísperas de crisis, los gerentes de la cosa, los administradores de sistemas, los abogados de pleitos nobles -tengas y los ganes-, los contadores de la caja del sastre.

Pero los que conocemos el paño y guardamos la cola sabemos que en la mayoría de los casos ya no queda apenas nadie, son sólo las limpiadoras, debería decir limpiadores tal vez, y evitar la generalización de género aunque nadie me escuche y hable sólo para mí, y hay entonces una desazón levísima que me distrae, un aguijonazo de pudor, aunque enseguida le retomo el hilo a la conversación de las chicas del libro de orwell, lo ha mandado Iglesias, el de historia (¿historia?), yo también tengo mis cuitas y mis premuras y un recado pendiente, pero a diferencia del chico del chaleco nada que hacer mientras aguanto la espera y el portátil al hombro -quilos y quilos y quilos a estas alturas del día que se fue-.

Por lo que voy coligiendo hay que tenerse leido hasta el capítulo 9 para el lunes. Será para el miércoles. Cómo para el miércoles, no, para el lunes, es para el lunes, no deja lugar para la duda el tono asertivo de la amiga de las gafas grandes, la segunda, que no disimula un tinte último de satisfacción en sus palabras, como un triunfo, una vindicación que refulge a través de las gafas de pasta pastel, pensadas para unos rasgos más definidos que los suyos. Ella no es resuelta ni espabilada ni frecuenta librerías ni le sientan los tirantes -aún-, pero ha ido leyendo con aplicación cada capítulo a su tiempo y sabe calibrar nueve capítulos para el lunes en su justa dimensión.

Y cada capítulo cuanto dura. La acepción del término duración, insólita para mi mente analógica, no sorprende en la manada de nativas digitales. Dura ésto más o menos, y ésto es un número determinado de páginas prendidas entre sus dedos, se lee fácil, y al decirlo se aligera por un momento la carga de la deuda y asentimos con aprobación, las otras dos amigas que no dicen nada y yo, en verdad es razonable multiplicar por nueve, dividir el resultado por lo que da de sí un puente de primavera largo como una semana santa y sonreir: se lee fácil.

Será para ti. Será para ella. Que no se chine, que la de los tirantes se lo cuenta, si quiere. Se lo sabe de memoria, total, ya se lo había leído el año pasado para ella.

Alguna irracional consigna ha debido cundir entre la población más adolescente para determinar que este año se lleven las bambas y los pantalones blancos, y nadie me ha pasado en informe. Yo venía por una guía de viaje, que me encargó la Nuri, y acabé con la biografía de Benedetti, escrita por Hortensia Campanella, reputada crítico literario, directora del Centro Cultural de España en Montevideo y a la que yo desconocía absolutamente hasta hace un rato, cuando me dió por leer la mención de la contraportada la cajera apuraba los últimos trámites con la pandilla piruleta -la edición de bolsillo, que ya apareció, la bolsa, el tique-, mientras pensaba por un momento en el tal Iglesias, que será posiblemente un hombre más o menos de mi edad, o en todo caso de una edad más aproximada que la de esas chicas que ya salen por la puerta para regresar a ese otro universo del que fuimos expulsados anteayer (cómo, en qué momento), y sigo pensando ahora que ya se marcharon, en qué momento dejaron de llegarme los informes, tal vez el día que empezé a decir bambas, colegir, ese tipo de cosas.

Dos consejos, una confesión

Tras cenar, mientras las mujeres se retiraban prudentemente a la cocina, excluídas motu propio de una conversación que adivinaban si no trascendental cuando menos memorable, Kurt recibió de su progenitor, que fumaba una pipa de maíz y degustaba una cerveza renana, dos consejos y una confesión.

-Procura mantenerte siempre en la retaguardia -comenzó diciendo Joachim Crüwell-. El heroísmo fue algo inventado para los que carecen de futuro.

En virtud de lo cual, Kurt dedujo que su padre era un hombre prudente.

-Procura pasar desapercibido ante tus superiores -continuó diciendo Joachim Crüwell-. Recuerda que únicamente eres un sastre, no un soldado.

En virtud de lo cual, Kurt constató que su padre no sólo era un hombre prudente, sino un alma previsora.

-Creo que de todo esto no va a salir nada bueno -concluyó diciendo Joachim Crüwell mientras mordía su pipa con furia y ahogaba la mirada en la jarra de cerveza.

En virtud de la cual, Kurt comprendió que, además de persona prudente y previsora, su padre tenía miedo.

Ricardo Menéndez Salmón
La ofensa
Ed. Seix Barral

Sin tetas no hay escrituras

Esta mañana, en el Club de Lectura de A vivir que son dos días, Marco Schwartz hablaba de su nuevo libro “El sexo en la Biblia” junto a Óscar López, Manu Berástegui y Montserrat Domínguez.

Decían que la Biblia es el mayor culebrón de sexo y violencia jamás contado. Supongo que sí, en lo que se refiere al Antiguo Testamento. En el nuevo, la cosa se pone mucho más austera y políticamente correcta.

Hacen ruidos como blop (y dejan ir regueros)

avion-sahara-215.jpgTengo por costumbre cuando viajo solo visitar la librería del aeropuerto, de la estación de turno, y rebuscar entre los libros de autoayuda y autoéxito algún libro corto y apetecible, pero no de bolsillo, que no me sobrecargue el equipaje ni me obligue a un compromiso mayor que se extienda más allá del trayecto.

Yo soy así de banal, y de la misma manera que a otros se les antojan determinados dulces típicos de puntuales épocas del año, yo me encapricho de ciertos autores como de las camisas oscuras, simplemente por estar en la ciudad en la que piso.

De mis últimos viajes a Barcelona -esa ciudad prodigiosa donde se han editado más del noventa por cierto de los libros que he leído en mi vida- me traigo siempre la intención frustrada y las ganas de comprar algo de Enrique Vila-Matas, que es un señor al que nunca he leido y del que todo el mundo habla maravillas, tal vez por la generosidad con la que el mismo se prodiga en alabanzas y maravillas en sus artículos, en sus reseñas, en los prólogos y las solapas de los libros de otros, o tal vez no.

Entre la oferta desplegada más allá de los suvenires y las camisetas del barsa, encuentro uno -el último, el penúltimo- de los varios libros de cuentos de Quim Monzó -con reseña contenida y recóndita en la solapa de Enrique Vila-Matas-. Lo sopeso unos instantes, lo ojeo, lo hojeo, me lo pruebo, y tras comprobar que es de mi talla me lo llevo puesto, camino de la puerta de embarque, mientras calculo el tiempo que habré de remolonear antes de empezar a leerlo si pretendo que me dure hasta el aterrizaje en Barajas. Algo más tarde, ya en el avión, me doy cuenta de que el libro será más que suficiente: el cansancio de una larga jornada me invade y se confunde con el cansancio de la gente que viene de hacer cosas importantes.

A mi lado viaja una mujer de mediana edad, con peinado funcional, gafas de montura discreta y ropa tan aburrida como la mía. Consulta una presentación impresa en papel apaisado, y sostiene en su mano una Blackberry, pero no la mira. Pese a ser uno de los últimos vuelos de una tarde entre semana, el avión va lo suficientemente desocupado como para permitir que dejemos libre el asiento central, como en los pasajes de primera, y la mujer pueda acomodar el bolso, el abrigo, un pañuelo a rayas y una cartera de piel, y mi codo pueda aún encontrar sitio en el reposabrazos que me queda más cercano sin incomodarla demasiado.

Cuando despierto, la mujer de al lado toma notas sin cesar en una agenda, con esa ordinaria manía que tenemos los occidentales de trabajar en público, como la de hablar a gritos por en móvil. Sigo leyendo:

En el sueño que tuve justo después de que Beristain muriese de cáncer todo eso no había pasado. Había pasado que Beristain había muerto hacía unos cuantos meses, eso sí, pero yo no me había separado y el piso funcionaba todavía como picadero, aunque por falta de tiempo no iba nunca. Hasta que una noche, la noche de ese sueño, sí que voy. Llego con una chica, con la que me abrazaba ya en la escalera. pero cuando abro la puerta con la llave encuentro el piso completamente lleno de gente. [...] Hay tanta gente -docenas, quizás un centenar de hombres y de mujeres que follan en las camas, amontonados como pueden- que no queda espacio libre. Hay tantos que no caben en las habitaciones y tienen que hacer cola delante de las puertas, esperando turno para entrar. Mientras esperan se besan, se acarician, se tocan… Cuando me ven llegar me miran con cara extrañada, como si preguntasen “¿Éste quién es?”, o ¿Qué viene a hacer ahora aquí?” Yo me pregunto “¿Qué hacen estos aquí, de dónde salen, qué hacen en mi piso?”

Pronto descubro que lo que ha pasado es que Beristain un día dejó la llave a alguien, antes de caer enfermo. Ese alguien hizo una copia. Y de la llave de ese amigo hizo una copia otro, que a su vez se la dejó a otro, que hizo otra copia. Cuando Beristain murió el ritmo se aceleró y, uno tras otro, todos se iban dejando la llave para hacer copias, de forma que ahora resulta que centenares de personas de la ciudad tienen copia de la llave del piso y la utilizan cuando quieren.

Me indigno de la cara que tienen, ellos (por ir pasándose copia de la llave de un piso que no es suyo) y Beristain, por haber dejado la llave con la alegría y la poca vista que lo caracterizaban. Decido que al día siguiente cambiaré de cerradura y los echo a todos. A los que follan los separo sin contemplaciones -y cuando las pollas y los coños se separan hacen ruidos como blop, y dejan ir regueros- y les digo que se vayan. Como buenos personajes de sueño, no oponen ninguna resistencia y se van, medio vistiéndose por la escalera, decepcionados por no poder follar donde pensaban hacerlo, pero sin ninguna gran preocupación ni ningún enfado. Y mientras se van pienso que lo que han hecho es un abuso de confianza, pero enseguida dudo si me he pasado echándolos a todos y si, quizas, al menos debería haber sido comprensivo y esperado a que acabasen. Porque, si todos tienen la llave y corren por el piso como si fuera suyo, en parte también es culpa mía por haberme despreocupado de él durante tanto tiempo, por no haber ido más a menudo, por no disfrutar de la vida con la alegría y la ligereza con que lo hacía Beristain.

Quim Monzó
Mil cretinos
Ed. Anagrama
Traducción de Rosa Alapont

Y tú que miras

Yo también soy un cobarde. Y esta tarde me he estremecido al leer una entrada recién publicada en Orsai, el blog de Hernán Casciari:

El sentido del olfato en los trenes

Mi nombre no importa; no voy a presentarme. Lo que importa es mi cara, que aparece de perfil en un video que ahora recorre el mundo. En ese video viajan en metro un español, una ecuatoriana y un argentino. (Parece el principio de un chiste, pero no lo es.) Yo soy el argentino. O quizás en ese video vayan en un vagón una víctima, un verdugo y un cobarde. En ese caso, soy el cobarde. También es posible que en ese tren estén viajando tres animales muertos de miedo, oliendo a diferentes miedos. Pero eso no lo dice nadie.

(continúa en Orsai)

Sólo el cielo es más grande que tú

golDe la introducción a ‘Historias del calcio‘:

El calcio es muy especial[...]. En los estadios italianos, como se sabe, las dos aficiones suelen mantener un diálogo burlón a través de las pancartas. También se pegan y exhiben inscripciones miserables, pero dejemos eso al margen. Escribir una gran pancarta de curva (la grada más barata, donde se concentran los tifosi sfegatati) es un arte que se practica en secreto, para evitar el espionaje rival. Cuando la afición contraria averigua el mensaje, la réplica puede ser demoledora.

En 2001, los gialorrossi de la Roma prepararon un cartel colosal para el derbi contra los biancazzurri de la Lazio. La Roma era campeona y la ocasión merecía la poesía más excelsa. Cuando saltó al césped el equipo romanista, sobre la curva se alzó un texto gigantesco en su honor: “Mira a lo alto, sólo el cielo es más grande que tú”. Segundos después apareció enfrente, en la curva de los laziali, otra pancarta de igual tamaño: “Tenéis razón, es blanquiazul”.

Esas son las ‘historias del calcio’ que más me gustan.

Historias del calcio. Una crónica de Italia a través del fútbol.
Enric González.
RBA Libros

Ganas de otoño

otoñoQué ganas de otoño, después de un verano sin excesivos rigores que nunca estuvo a la altura de su leyenda, y que ahora pretende resarcirse en un último intento con sus escasas y ancianas fuerzas. Qué ganas de recibir sus primeras luces tamizadas, las hojas al arrebol sobre las copas de los árboles, los primeros vientos fríos del oeste que levantan las faldas de mi ciudad en todo su esplendor, después de la claridad apabullante, plana y absurda del verano.

Decía Cortázar -y lo puso por escrito-, que el otoño es un poner y quitarse pulóveres, y nosotros guardaremos pronto cola para matricularnos de todo lo factible con un primigenio entusiasmo de hombres libres, estrenaremos abrigos, películas y amores -otra vez-, nos sorprenderá la noche en la calle sobre nuestras cabezas, de vuelta de nuestras rutinas y nuestras cuevas, se abrirá camino la estación fugaz, discretamemente, sin empellones.

De otras infancias, de otras calles, de vecinas latitudes, otra muestrá mas de lo que quería decir y no me salía:

Siempre me ha gustado más el invierno que el verano en Estambul. Me gustan las noches que llegan temprano, los árboles sin hojas temblando al viento del nordeste, contemplar a la gente volviendo a casa a toda velocidad por los callejones con sus abrigos y chaquetas oscuras en los días que unen el otoño al invierno. Los muros de los viejos edificios de pisos y de las mansiones de madera derruidas alcanzan, gracias a la falta de cuidados y de pintura, un color específico de Estambul y despiertan en mí una amargura y una apetencia por la observación que me agradan mucho. El blanco y negro de la gente que regresa a casa las tardes de invierno después de que caiga la oscuridad prematura despierta en mí la sensación de que pertenezco a esta ciudad, de que comparto algo con ellos. Siento como si la oscuridad de la noche fuera a cubrir la pobreza de la vida, las calles y los objetos, y que, mientras respiramos tranquilos por fin en casa, en nuestros cuartos, en nuestras camas, nos entregaremos a sueños y fantasías hechos de las antiguas riquezas, las construcciones desaparecidas y las leyendas de ese Estambul ahora tan lejos.

Orhan Pamuk
Estambul. Ciudad y recuerdos.
Traducción de Rafael Carpintero.
Mondadori

 

(Otros créditos: fotografía de Darko TT)

Normalidad

SitecomesunlimonDespués de muchos años sin fumar, el padre enciende un cigarrillo. Lo dejó cuando nació su hija y, desde entonces, ha estado demasiado ocupado para echarlo de menos. El humo le abrasa los pulmones con una niebla áspera que, en lugar de combatir, él reactiva con caladas compulsivas. Hace un rato, su hija le ha explicado las razones de tanto tiempo de silencio, mal humor, problemas, insomnio y discusiones: no soporta ser la única chica del instituto con padres no separados, y les ha pedido, por favor, que se separen. “Quiero ser normal“, les ha dicho poco antes de salir de la habitación con lágrimas en los ojos.

Sergi Pàmies
Si te comes un limón sin hacer muecas
Traducción de Sergi Pàmies

La expiación de la estupidez

taxi brooklynEn este fin de curso tan agitado que va a acabar con mi salud, apenas saco tiempo para leer, ni para atender este cuaderno. Tal vez por eso marqué este pasaje de Brooklyn Follies, con una nota que decía ‘eso quería decir yo y no me salía’:

Al principio, el taxi no fue más que una solución provisional, una medida de urgencia para pagar el alquiler mientras encotraba otra cosa. Buscó durante varias semanas, pero justo entonces todos los puestos docentes en la enseñanza privada estaban ocupados, y una vez que se acostumbró a su agotador turno de doce horas diarias, cada vez se sentía menos motivado para buscar otro trabajo. Lo que era provisional empezó a parecer definitivo, y aunque por un lado Tom se daba cuenta de que se estaba yendo a la mierda, por otro pensaba que aquel trabajo quizá le serviría de algo, que si prestaba atención a lo que hacía y a los motivos que le impulsaban a hacerlo, el taxi le enseñaría ciertas cosas que no podría aprender en ningún otro sitio.

No siempre tenía una idea clara de cuáles eran esas cosas, pero mientras daba vueltas por las avenidas en su traqueteante Dodge amarillo de cinco de la tarde a cinco de la madrugada durante 6 días a la semana, no cabía duda de que las iba aprendiendo bien. Los inconvenientes del trabajo eran tan manifiestos, tan ubicuos, tan insoportables, que si no encontraba el modo de no hacerles caso, se estaba condenando a una vida de amargura y resentimiento sin fin. El prolongado horario, la escasa paga, el peligro físico, la falta de ejercicio: ésos eran los factores principales, y aspirar a modificarlos era tan impensable como pensar que podía cambiarse el tiempo.

[...] Su vida se había convertido en una larga lucha contra los elementos, y si alguna vez había surgido un momento que permitiera quejarse justificadamente del tiempo, ese momento era aquél. Pero Tom no se quejó. Y no sintió lástima de sí mismo. Había encontrado un medio para expiar su estupidez, y si era capaz de sobrevivir a la experiencia sin descorazonarse demasiado, entonces quizá habría cierta esperanza para él.

Paul Auster
Brooklyn Follies
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Los ebooks y la tinta electrónica.

Iliad Nunca nadie me ha preguntado al respecto, pero de haber tenido la oportunidad siempre habría dicho, como tanta otra gente, que, al contrario que otros medios y soportes, los libros iban a permanecer a resguardo de cualquier amenaza que pudieran suponer las nuevas tecnologías y sus asombrosos avances.

De un tiempo a esta parte van apareciendo nuevos dispositivos basados en tecnología de tinta electrónica que hacen que me replantee cualquier opinión anterior. Ahora, hoy ya, en este momento existen trastos que permiten la lectura en un soporte equiparable al papel, en cuanto a nitidez, contraste, y facilidad y descanso para la vista. Por precios que van de los 300 a los 600 euros, como cuentan mejor que yo en Xataka, puedes agenciarte un dispositivo que poco tiene ya que ver con las molestas pantallas de portátiles o PDAs.

La tinta electrónica basa su tecnología en cápsulas rellenas de partículas de titanio blancas y negras cargadas eléctricamente. Cada cápsula está asociada a dos transmisores y de esta forma se puede conseguir que asciendan todas las partículas negras, todas las blancas o la mitad de cada tipo para conseguir las tonalidades grises. Permite una resolución que dobla la de cualquier TFT, y la fabricación de pantallas tan delgadas como un papel y tan flexibles que permiten que hasta determinados modelos sean enrollables. Estas pantallas resultan óptimas para la lectura de textos, y no son aptas para la reproducción de imágenes o vídeo. Además, dado que sólo consumen energía en el momento de cargar la página, ofrecen una autonomía de días.

Vale, no huelen a nuevo como los libros nuevos ni a viejo como los libros viejos. No transmiten el cobijo de los lomos de un libro al contacto y la presión de los pulgares, cuando caemos atrapados en su lectura y perdemos la noción de la comodidad y nos asimos a ellos en posición forzada como si en ello nos fuese la vida. No tienen ese valor totémico que transmiten al hojearlos, al sopesarlos con cautela y reverencia antes de devolverlos a la librería. Pero con la capacidad sobrehumana de almacenamiento que ofrecen -sin echar muchos números, cualquiera dispositivo por básico que sea alcanza para guardar la biblioteca de nuestra vida-, y el aumento en la digitalización de fondos experimentado en los últimos tiempos -resulta notable el esfuerzo de posicionamiento de empresas como Google en ese sentido-, se abre ante nosotros un abanico de posibilidades que anteayer no estábamos en condiciones de siquiera concebir.

En principio la descarga gratuita de archivos se restringiría a obras publicadas bajo licencias copyleft o con derechos de autor ya vencidos, pero lógicamente si el sistema se populariza cobrarán su inevitable y previsible protagonismo el intercambio masivo de archivos, las redes P2P, las entidades de gestión y lo que se viene englobando científicamente bajo el epígrafe de toda la pesca.

Yo he sido desde chico un gran amante de los libros, me considero un buen lector, y sin embargo aguardo estos avances sin la menor reticencia o desconfianza. Me gustaría pensar que puesto que no somos tontos, sólo les daremos cancha mientras nos provoquen más satisfacción, más utilidad y más valor o complementen la que generan los libros. Que pueden, digo yo, convivir perfectamente, el libro tradicional como sofisticado objeto de placer y el libro electrónico y la red para poner a nuestra disposición una inagotable e inmediata fuente de sabiduría. Fría, vulgar y grosera, si se quiere, pero fuente.

En fin, Pilarín… Para recuperar el romanticismo y rebajar el tono adventista de la entrada, os dejo un extracto de lo que vengo leyendo estos días, una cita probablemente verídica que viene al hilo de lo que hablamos:

“Año 2054. Mis nietos están explorando el desván de mi casa. Descubren una carta fechada en el 2004 y un CD-ROM. La carta dice que este disco CD-ROM que tienen entre sus manos contiene un documento en el que se da la clave para heredar mi fortuna. Mis nietos tienen una viva curiosidad por leer el CD, pero jamás han visto uno salvo en las viejas películas. Aun cuando localizaran un lector de discos adecuado ¿cómo lograrían hacer funcionar los programas necesarios para la interpretación del disco? ¿Cómo podrían leer mi anticuado documento digital?. Dentro de 50 años lo único directamente legible será la carta”.

Jeff Rothenberg

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