sobre jumber y sus márgenes

La lógica económica

Esta semana ando fuera del hogar, trabajando en Barcelona. Antes de salir de casa el lunes por la mañana cogí para el viaje el último libro de Millás, “Laura y Julio“, que me habían regalado por mi cumpleaños los Rosses y que me llevaba a medias pensando que me duraría toda la semana.

Sin embargo, dado que viajaba solo y tuve la oportunidad de disfrutar de un oportuno retraso de más de una hora cortesía de Spanair a añadir al tiempo de trayecto del vuelo para leer, el libro se me agotó justo antes de aterrizar en el Prat. Es bien cortito, no se vayan a creer, y no está en mi ánimo dármelas de veloz en cualquier caso, supongo que por un justificado temor a las analogías. Del libro de Millás, que en mi presuntuosa opinión siempre me ha parecido un gran escritor que parece recelar o negarse a escribir grandes novelas, por humildad, por un prurito estético, por el que dirán, qué se yo, yo qué sé…; del libro, digo, he subrayado como los indecentes petulantes una reflexión tal vez menos brillante que otras, seguro que nada determinante en el desarrollo del libro, pero sin duda muy curiosa:

“La cocina de su vecino y la de él, separadas por un delgado tabique que hacía las veces de una lámina de azogue, guardaban entre sí la misma relación espacial que dos siameses unidos por la espalda. El cuarto de baño y las dos habitaciones acataban asimismo las leyes de la reflexión con un sometimiento sorprendente. Aficionado como era a la arquitectura, sabía que aquella disposición especular tenía sobre todo un fundamento económico, pues estaba determinada por la conveniencia de que hubiera una sola acometida general y unos desagües comunes para todo el edificio. Si cada vivienda tuviera la cocina y el cuarto de baño en un sitio diferente, habría que multiplicar el acceso a las infraestructuras con el consecuente aumento de los costes. Dios, pensó Julio […], también estaba determinado por una lógica económica. Dios podría haber colocado el sexo en la espalda, por ejemplo, donde quedaba mucho espacio libre, pero a costa de desviarse de la acometida general, encareciendo mucho el edificio. Ni Dios ni los arquitectos controlaban el producto final, que dependía de un pensamiento económico que los sobrepasaba”.

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