sobre jumber y sus márgenes

snipshot_e41bq6g9j9xi.jpgAnoche perdí la cartera. Típico de Jumber, pensarán don alguno o doña cualquiera. Habíamos salido a cenar con Mediokilo y José Luis, a los que hacía mucho que no veíamos, que están a punto de alumbrar y que nos acababan de enseñar su nueva casa. Nos acercamos hasta la plaza del Perú y aparcamos el coche en sus proximidades. Pasamos un rato verdaderamente bueno, y al terminar de cenar les fuimos a acercar de vuelta. Debió de ser allí, al meternos de nuevo en el coche, cuando se me cayó la cartera, y ya no la volví a echar en falta hasta una hora después, al llegar a casa.

Mientras tanto y en el mismo lugar, una chica, desconocida para el gran público y merecida protagonista de esta entrada, aparcó su coche en el hueco que yo había dejado libre. Al salir reparó en mi cartera, y se agachó pensando que se le había caído algo, y la recogió con la idea de devolvérsela a su dueño. Como hubiéramos hecho muchos. Rebuscó en la cartera pero no localizó un teléfono móvil al que avisar con urgencia, o el de alguna casa, sólo una tarjeta de visita con los números de teléfono de una empresa que nadie atendería en lo que restaba de noche. Muchos de esos bienintencionados ciudadanos antes referidos nos habríamos conformado con esperar al día siguiente, o habríamos incluso arrojado simplemente la cartera en algún buzón, pese a arriesgar con ello la integridad de su contenido, de las tarjetas, del dinero, de los documentos, en fin. Ella, sin embargo -y esto ya no es tan corriente- acertó a pensar en este desvalido dueño que relata lo acontecido y en el contratiempo que supondría la anulación de las tarjetas, en la desazón del que busca sólo con la fingida esperanza de hallar, sólo por seguir el procedimiento acostumbrado, y deshace el periplo ejecutado horas antes, que le llevó del coche milagrosamente aparcado en la noche de un jueves que parecía verano a cualquiera de esos bares, y de ahí a las etapas que ya todos sabemos, hasta llegar a casa y de nuevo al garaje y vuelta a empezar.

Ella, cuyo nombre desconocemos, tuvo la paciencia y el detalle de dejar lo que fuera que se disponía a hacer cuando salió del coche, y subir a casa -o no era su casa- para buscar en la guía el número del domicilio con el que me relaciona mi carnet de identidad pero donde hace tiempo que no vivo, y pasar el lógico apuro de llamar a esas horas a una casa, a cualquier casa -ahi batió ya de largo las marcas de lo corriente, y qué ganas de apurarse a esas horas de la noche, y por un desconocido-, y levantar a mi madre, a quien, dicho sea de paso, ninguna historia de este tipo puede ya conseguir sorprender, a su edad, a mi edad, a estas alturas.

A los pocos minutos, y gracias al avance de las tecnologías que permiten la comunicación inmediata entre los despistados, los bienhechores y los pacientes, estábamos ya vuestra buena amiga Nuria y yo a la puerta del portal indicado. Ella bajó, acompañada de otra amiga, y nos dio la cartera y toda suerte de explicaciones necesarias para el desarrollo de este relato. Yo, a cambio, no pude darle más que las gracias insistente y repetidamente, con las mismas palabras y la misma controlada intensidad que hubiéramos usado cualquiera de nosotros, las socorridas fórmulas eficaces y corteses que intercambiamos a diario.
Me fui de allí con la sensación de no haber estado a la altura que mi gratitud y las circunstancias demandaban, y ese regusto amargo en el cielo del paladar de la conciencia se mantiene todavía.

Todos los pocos que con mayor o menor frecuencia la transitáis, sabéis que es tan escasa la notoriedad de esta bitácora como falto de interés su contenido. Que cualquier intento de hacer efectiva a través de este medio la gratitud de la que se hizo acreedora resultaría tan patético como inútil. Pero a falta de mejores canales, sirva al menos como homenaje minúsculo y romo a los que como ella se enfrentan a la vida con el propósito primero de ponerse siempre en el lugar del otro, a todos a los que diariamente y para nuestro escándalo hacen uso y exhibición de la bondad como moneda de curso común.

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