sobre jumber y sus márgenes

Seguimos vivos

CalendarioSé que me habéis echado de menos, en estas dos semanas en las que no he dado señales de vida. Admitiendo como principio indiscutible que no puede haber excusas a semejante comportamiento, sí hay al menos motivos y razones, y han sido varios. Por un lado, serios problemas de conectividad -o conexión, como decíamos en un entrañable pasado, cuando significantes y significados convivían en amistosa proximidad-. Hace días que el router de casa entró en coma, sin motivo aparente ni diagnóstico convincente por parte de los galenos, lo que me ha puesto muy difícil la actualización del cuaderno, ya estas últimas semanas las he pasado trabajando ahí fuera, en la puta calle, y en las contadas ocasiones que pasé por la oficina no he encontrado ni el tiempo ni las ganas ni la tranquilidad suficiente para escribir.

La segunda razón o disculpa viene porque he ocupado la mayor parte del tiempo libre que me regalo trasteando con el ordenador para zambullirme por fin en las procelosas aguas del software libre. He añadido Linux a mi portátil, bajo la distribución Ubuntu. Lo he instalado en una nueva partición de mi disco duro, de tal manera que lo puedo alternar con Windows, del que de momento no tengo ganas ni oportunidad de prescindir.
Elegí Ubuntu por la razón por la que solemos tomar este tipo de decisiones los analfabytos: era la que más me sonaba, de la que más -aunque no siempre mejor- había oido hablar-. El proceso fue relativamente sencillo, y no presentó ninguna complicación seria, aunque resultó algo más largo de lo que yo había esperado, y al final sufrí algún que otro calambre de tanto cruzar los dedos esperando la catástrofe que afortunadamente nunca llegó. Para la aproximación a Ubuntu y su instalación me valí de este tutorial y del un curso del Ministerio de Educación que me fueron de gran ayuda.

El único problema -serio- con el que me he encontrado es que Ubuntu no reconoce los controladores de mi tarjeta inalámbrica, por lo que solo me puedo conectar tirando un cable de red hasta el router, lo que no resulta nada práctico en nuestra mansión. Así que por el momento no he avanzado gran cosa, apenas he configurado el correo y cuatro cosas más. Lo poco que he visto hasta el momento me gusta, veremos a ver -y lo contaremos- como sigue la cosa una vez que solucione los problemas con el wifi y me desprenda de ciertos hábitos adquiridos tras tantos años de costumbre en Windows.
(Por cierto, que a la hora de dar el salto lo que me acabó de convencer fue un vídeo que ví de Martín Varsavsky donde comenta, de forma sencilla y entusiasta, sus primeros trasteos con Ubuntu. Por fin pude comprobar visualmente de qué hablamos cuando hablamos de Linux).

El tercer argumento en el que baso mi defensa, señoría, se apoya en mi ausencia del país durante el puente pasado. Continuando con la gira europea, y tras haber conocido el invierno en Lisboa, las chofas se desplazaron a centroeuropa, a una nueva edición de la primavera de Praga, en un viaje del que, en condiciones normales de presión y temperatura, daremos cumplida cuenta en próximas entregas. Como adelanto podéis ver algunas fotos del viaje en Flickr.
En un principio, antes de iniciar el viaje, se contempló -contemplé- la posibilidad de haber cubierto el viaje en tiempo casi real, mediante breves notas (casi estilo Twitter) escritas y subidas desde los puntos que hubiéramos encontrado a nuestro paso (aeropuerto de Frankfurt, aeropuerto de Praga, cybercafés locales, etc…), si bien finalmente tal posibilidad fue desechada, por parecerme que podía forzar al límite la contrastada paciencia de quien conmigo va.

Si todo viaje aporta algún provecho, cultiva el intelecto y enriquece el espíritu, estas son algunas de las enseñanzas que puedo compartir con vosotros, como segundo adelanto y en orden de caída:

– en base a la experiencia, se puede afirmar que si pretendes disfrutar de una ciudad a tus anchas, y visitarla con tranqulidad, elegir las fechas del único puente oficiosamente considerado en todo el mundo occidental no es la mejor idea de todas. Este axioma se refuerza en su razón si además escoges como destino una ciudad a tiro de piedra de los dos países más poblados de Europa, y a vuelo de pájaro de uno de los aeropuertos con más trafico con Japón.

– a un policía alemán que se dispone a revisar tu bolso en el puesto de control de equipaje de mano es mejor no tratar de ayudarle. Si vemos que no atina con el cierre, le dejamos intentarlo hasta que lo consiga, y punto. Creédme.

– a la hora de elegir un libro para cualquier viaje en el que vayas a tener oportunidad de leer largo tiempo, hay que esforzarse en no dejarnos llevar por la obsesión por el mínimo peso y tamaño que nos asalta cada vez que tenemos que preparar el equipaje. De ignorar esta máxima, lo normal es que nos encontremos con que hemos acabado el libro antes de comenzar la segunda escala del viaje de ida, como fue mi caso. Yo compré la tarde antes Historias de Nueva York, de Enric González, un interesante anecdotario de sus experiencias como corresponsal y de la misma historia de la ciudad, desde sus orígenes a estos días raros. En su estilo mordaz y descreído me recuerda al mejor Gonzo, el de ESDLV de hace un año y medio o dos, salvando claro está las distancias. Las de ida y las de vuelta.

Pese a lo que pueda parecer, lo pasamos de cojón, superando con creces la prueba del nueve de los grandes viajes: volvimos como nuevos, gastamos sin miramiento y al llegar el último día no nos queríamos volver.

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