sobre jumber y sus márgenes

El síndrome de Letizia

Mi amigo Rafa Cánovas colabora regularmente en el periódico La Voz de Marbella. En su última columna juega con una bien traída reflexión acerca del azar, el conformismo, y el abanico de combinaciones de elementos que es la vida. Todo, bajo los ropajes de un cuento, como gusta él de plantear las cosas.

Podéis leer aquí la columna entera.

A continuación, un extracto de la misma:

Roger, no te confundas, el amor, no digamos ya el matrimonio, es una lotería, nunca se sabe, y la gente cuando juega, ¿qué elige, un número bonito, o un número feo?”. Mi acompañante, tras pensar no más de un par de segundos, y con rotunda seguridad, literalmente contestó: “Yo suelo jugar a los números que me da la máquina”.

Tan certera aseveración me condujo automáticamente, no podía ser de otra forma, a repasar las parejas que conocía, lo inverosímil de algunas de las mismas, y cómo, en todos los casos, tales combinaciones eran una mezcla en la que el azar (llámenlo los números que nos da la máquina y en los que depositamos nuestras esperanzas e ilusiones) prevalecía, las más de las veces, sobre el voluntarismo de cada uno de los integrantes de estas uniones. ¿De no haber conocido mis amistades a sus actuales parejas, los “amores de su vida”, la vida no les habría dado a conocer otras? ¿Cuánto hay pues de conformismo en la elección de las mismas? ¿Existe, en definitiva, un único amor en la vida?.

Fue de esta manera, reflexionando sobre cómo deben conjugarse destino y voluntad para que dos personas lleguen a estar juntas, cuando reparé en lo que podríamos dar en denominar “Síndrome de Letizia”; me consta no han sido pocas las mujeres, de hecho toda una generación, que, en parte con femenina envidia, en parte con disfrazada frustración, al referirse a la susodicha no han podido evitar plantearse un envenenado “podría haber sido yo”. A fin de cuentas es, al menos era, el más claro exponente de normalidad que cabría imaginar como consorte real. Le elección estaba más abierta de lo que a priori podía parecer, y mucha cobarde ahora se lamenta.

Yo suelo jugar a los números que me da la máquina, dice el cabrón.

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