sobre jumber y sus márgenes

avion-sahara-215.jpgTengo por costumbre cuando viajo solo visitar la librería del aeropuerto, de la estación de turno, y rebuscar entre los libros de autoayuda y autoéxito algún libro corto y apetecible, pero no de bolsillo, que no me sobrecargue el equipaje ni me obligue a un compromiso mayor que se extienda más allá del trayecto.

Yo soy así de banal, y de la misma manera que a otros se les antojan determinados dulces típicos de puntuales épocas del año, yo me encapricho de ciertos autores como de las camisas oscuras, simplemente por estar en la ciudad en la que piso.

De mis últimos viajes a Barcelona -esa ciudad prodigiosa donde se han editado más del noventa por cierto de los libros que he leído en mi vida- me traigo siempre la intención frustrada y las ganas de comprar algo de Enrique Vila-Matas, que es un señor al que nunca he leido y del que todo el mundo habla maravillas, tal vez por la generosidad con la que el mismo se prodiga en alabanzas y maravillas en sus artículos, en sus reseñas, en los prólogos y las solapas de los libros de otros, o tal vez no.

Entre la oferta desplegada más allá de los suvenires y las camisetas del barsa, encuentro uno -el último, el penúltimo- de los varios libros de cuentos de Quim Monzó -con reseña contenida y recóndita en la solapa de Enrique Vila-Matas-. Lo sopeso unos instantes, lo ojeo, lo hojeo, me lo pruebo, y tras comprobar que es de mi talla me lo llevo puesto, camino de la puerta de embarque, mientras calculo el tiempo que habré de remolonear antes de empezar a leerlo si pretendo que me dure hasta el aterrizaje en Barajas. Algo más tarde, ya en el avión, me doy cuenta de que el libro será más que suficiente: el cansancio de una larga jornada me invade y se confunde con el cansancio de la gente que viene de hacer cosas importantes.

A mi lado viaja una mujer de mediana edad, con peinado funcional, gafas de montura discreta y ropa tan aburrida como la mía. Consulta una presentación impresa en papel apaisado, y sostiene en su mano una Blackberry, pero no la mira. Pese a ser uno de los últimos vuelos de una tarde entre semana, el avión va lo suficientemente desocupado como para permitir que dejemos libre el asiento central, como en los pasajes de primera, y la mujer pueda acomodar el bolso, el abrigo, un pañuelo a rayas y una cartera de piel, y mi codo pueda aún encontrar sitio en el reposabrazos que me queda más cercano sin incomodarla demasiado.

Cuando despierto, la mujer de al lado toma notas sin cesar en una agenda, con esa ordinaria manía que tenemos los occidentales de trabajar en público, como la de hablar a gritos por en móvil. Sigo leyendo:

En el sueño que tuve justo después de que Beristain muriese de cáncer todo eso no había pasado. Había pasado que Beristain había muerto hacía unos cuantos meses, eso sí, pero yo no me había separado y el piso funcionaba todavía como picadero, aunque por falta de tiempo no iba nunca. Hasta que una noche, la noche de ese sueño, sí que voy. Llego con una chica, con la que me abrazaba ya en la escalera. pero cuando abro la puerta con la llave encuentro el piso completamente lleno de gente. […] Hay tanta gente -docenas, quizás un centenar de hombres y de mujeres que follan en las camas, amontonados como pueden- que no queda espacio libre. Hay tantos que no caben en las habitaciones y tienen que hacer cola delante de las puertas, esperando turno para entrar. Mientras esperan se besan, se acarician, se tocan… Cuando me ven llegar me miran con cara extrañada, como si preguntasen “¿Éste quién es?”, o ¿Qué viene a hacer ahora aquí?” Yo me pregunto “¿Qué hacen estos aquí, de dónde salen, qué hacen en mi piso?”

Pronto descubro que lo que ha pasado es que Beristain un día dejó la llave a alguien, antes de caer enfermo. Ese alguien hizo una copia. Y de la llave de ese amigo hizo una copia otro, que a su vez se la dejó a otro, que hizo otra copia. Cuando Beristain murió el ritmo se aceleró y, uno tras otro, todos se iban dejando la llave para hacer copias, de forma que ahora resulta que centenares de personas de la ciudad tienen copia de la llave del piso y la utilizan cuando quieren.

Me indigno de la cara que tienen, ellos (por ir pasándose copia de la llave de un piso que no es suyo) y Beristain, por haber dejado la llave con la alegría y la poca vista que lo caracterizaban. Decido que al día siguiente cambiaré de cerradura y los echo a todos. A los que follan los separo sin contemplaciones -y cuando las pollas y los coños se separan hacen ruidos como blop, y dejan ir regueros- y les digo que se vayan. Como buenos personajes de sueño, no oponen ninguna resistencia y se van, medio vistiéndose por la escalera, decepcionados por no poder follar donde pensaban hacerlo, pero sin ninguna gran preocupación ni ningún enfado. Y mientras se van pienso que lo que han hecho es un abuso de confianza, pero enseguida dudo si me he pasado echándolos a todos y si, quizas, al menos debería haber sido comprensivo y esperado a que acabasen. Porque, si todos tienen la llave y corren por el piso como si fuera suyo, en parte también es culpa mía por haberme despreocupado de él durante tanto tiempo, por no haber ido más a menudo, por no disfrutar de la vida con la alegría y la ligereza con que lo hacía Beristain.

Quim Monzó
Mil cretinos
Ed. Anagrama
Traducción de Rosa Alapont
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Comentarios en: "Hacen ruidos como blop (y dejan ir regueros)" (2)

  1. Esa misma costumbre tengo yo, amigo. El aeropuerto es como una oportunidad de leerte algo por el placer de leerlo en vuelo. Parece que volamos también con el espíritu.

    La autoayuda y el autoexito son mis dos temas favoritos en las librerías de los aeropuertos. La espera se hace más ligera mientras te pruebas, como tú dices, los diversos libros llenos de mensajes positivos. Y alguno, que no es muy largo ni muy metafísico, también cae.

    Seré banal, yo también, pero es un rito, un capricho que me permito, un descanso para la conciencia.

  2. Estou contigo nessa ide9ia de que o impartonte e9 pensar na melhoria dessa realidade de agora, desse momento historico.Mas me diga uma coisa. Vocea consegue pensar em melhoria sem que exista uma escalada em que num sentido seja melhor e no outro seja pior? Eu ainda ne3o consigo. Acreditar em mudane7a que leve e0 melhoria e9 acreditar no progresso, num sentido bem prf3ximo do aureliano.c9 nesse sentido que eu abrae7o a ide9ia de que exista um caminho mais prf3ximo do que e9 certo. Mesmo que a gente ainda ne3o o enxergue com clareza.Talvez me falte reflexe3o, mas eu acho que a improdutividade pode acontecer nas duas vertentes, dependendo do interesse:He1 cientistas que buscam verdades para satisfazer uma sede intelectual de conhecimento, sem falar nos que fazem grandes descobertas para lane7ar mais creme na indfastria de cosme9ticos.Por outro lado, tenho achado a proposta da filosofia contempore2nea, de sujeitos como Richard Rorty, poliff4nica e inerte. Ne3o se pode fundamentar o conhecimento, quem dire1 poledticas. Cada um fala o quer, todos batem palma e nada muda.Por fim, no meu sonho possedvel, troco a descoberta de novas gale1xias pela descoberta de uma receita de capim tiririca com pedra, que acabe com o problema da fome. Troco a poliff4nia improdutiva e inste1vel, pela execue7e3o verdadeira de uma ide9ia batida e demodea como a da fraternidade ou a da igualdade. Pena que ne3o e9 assim te3o fe1cil! rsForte abrae7o!

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