sobre jumber y sus márgenes

El desencanto

imagesIgual que a tí, a Chus le pone mucho votar. Hasta donde sabemos, ha santificado siempre las jornadas electorales, todas, cada una, como un sacramento civil. En una primavera tardía como la de hoy, pero veinte años atras, se recuerda estrenando su voto, en otra ciudad entonces, tambié con otros rostros encaramados sobre las farolas de las avenidas que ya presagiaban en lo que iban a convertirse estas juergas electorales europeas. En las principales avenidas y plazas, Morán y Oreja -el otro Oreja, Marcelino-, bregados veteranos disidentes maniatados por el siempre efectivo sistema de la patada hacia la cumbre. Primeros espadas de la periferia política en el siempre delicado trance de reconocer tiempos mejores -Garaicoextea, Bandrés-. Un exalcalde populista hasta en lo pintoresco (Pacheco), y un personaje bizarramente pintoresco hasta en la arena de lo populista (Ruiz-Mateos), que acabaría campeón entre las aguas siempre favorables a este tipo de excentricidades electorales que son, han sido y serán las elecciones europeas. Representantes de la verdadera izquierda izquierda oficial (Perez Royo) y de la otra -Carrillo, sí, ya terminando sin terminar de jubilarse, cúantas nueces, veinte años-.

Veinte años han, el voto por estrenar y una mañana tan parecida como puedan parecerse dos mañanas frescas de junio. Como habría de sentirla yo unos años después, sentía entonces Chus aquella excitación primitiva a la  habría de habituarse con los años, excitación en todo caso nada original y apenas espontánea, reglada por la vana experiencia de los otros, los antecesores, los diplomados en el estreno democrático de la entonces aún cercana primavera del 77. Sus padres, sus educadores, los comunicadores sociales y directores espirituales de la tribu, tertulianos en boga y otros apóstoles, que le habían enseñado a venerar la fiesta democrática, a honrar al padre y a la madre.

Aquellos hombres y mujeres que olían a octavilla, a tinta de imprenta, que exudaban la feromona de la democracia, embridaron el sentir de los que estábamos por llegar. A Chus, a tí, a mí, que heredamos un camino pautado como se heredan los libros de texto de los hermanos mayores, con las premisas subrayadas, los esquemas dibujados, y las páginas ajadas como un sendero hollado por los que pasaron antes.

Así que vota siempre. Normalmente a su partido, a veces no.
Porque Chus es como tú, es de un partido, al que apoya y castiga según la marea que viene y va. Aunque, según lo ve Chus, es el partido y no él quien bandea en sus principios y sus finales, en sus propósitos y actuaciones. Mientras que él ha conseguido mantenerse y respetar, a lo largo de los años y desde aquellas primeras elecciones, el contorno de lo que le gusta llamar la zona técnica ideológica, la parcela en la que le está permitido moverse con libertad, dentro de unos límites establecidos y acatados, como la del entrenador de fútbol al que se le permite gritar, arengar, dar instrucciones, vocear la conciencia desde un lugar restringido de la banda.

Habrá un poso de censura en su mirada si escucha o deduce en la actitud o el comentario fugaz de otro que no entra en sus planes el no ir a votar el domingo. Es gente muy discreta, Chus, y radicalmente respetuosa, así que no dice nada, pero le asoma por los ojos el corazón helado, y hasta se diría que le reza – como tú- a los dioses del sufragio por las almas descarriadas y abstencionistas. Hay que votar siempre, te dice a veces, sólo sea por los que en su día no pudieron o por los que en un futuro quién sabe si podrán hacerlo, y cosas así. Pero no es eso, ni siquiera se parece a eso. Es el fervor apasionado por la fantasía democrática, el recuerdo de aquella mañana iniciática, de los recién aprendidos y del calor de la ideología y la historia acariciándole la piel cada cuatro años.

Pero hasta la paciencia de los más lascivos se agota, si son mínimamente exigentes en el decoro, en las formas. Y Chus cree, ha decidido, viene sintiendo desde semanas atrás, que no votará hoy. No por desencanto, pues nunca calaron en él las consignas ni los eslóganes, ni ahora ni antes, y la naturaleza o la experiencia le dotaron con fortuna del descreimiento necesario para eludir sus envites más burdos, la cantinela oficial. Las cosas importantes se deciden en Bruselas, le decían, y por eso prefirieron mandar el parlamento a Estrasburgo, donde no pudieran molestar, contestaba él, y se iba a votar, igualmente, y a las ocho de la tarde se encerraba en capilla, escuchaba los sondeos ‘a pie de urna’ -¿no es gracioso, el lugar común?-, rehacía sus cálculos, celebraba resultados, masticaba la decepción hasta la última gastada palabra de las tertulias radiofónicas, disfrutaba.

Lo que ocurre, llanamente, es que ya no le excita, la margarita. Ya no queda quien le mienta con un mínimo decoro, quien le seduzca con engaños susurrados al oído, que le engatuse con fantasías que en nada se parece a la propuesta mezquina y sórdida de este domingo, al polvo rápido a horcajadas sobre la urna y los pantalones arrastrando por el suelo del colegio electoral.

Por eso, cuando vuelve de la pastelería y los periódicos y es todavía tan temprano que apenas acaban de abrir las mesas en el polideportivo y se percibe aún difuso de lo que ha sido el inicio de la jornada en el trajín de los policías y los componentes de las mesas todavía afectados por la tensión de la novedad, sabe que no debería ni siquiera asomarse a echar un vistazo, ni comprobar siquiera si se acordó de echarse la documentación a la chaqueta. Que la agitación y el galopar de la sangre serán cuestión de minutos, mientras se acerca a reconocer su papeleta de entre los montones y hasta que escuche su nombre y alguien lo compruebe en la lista y le devuelvan su carnet con amabilidad. Que cuando se quiera dar cuenta estará de vuelta a la calle, con el cruasán, con el periódico, y entonces se sentirá como un imbecil al menos por lo que resta de día. Como te pasa a tí. Como me pasa a mí.

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