sobre jumber y sus márgenes

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Los hombres del norte

En sus tiempos de estudiante de Cambrigde, había oido decir a un experto en la materia que el catolicismo de la contrarreforma había sido una rebelión del cristianismo meridional de los sentidos contra el cristianismo cerebral que propugnaban los hombres del norte. En España se había impuesto un cristianismo de vírgenes bellas, con los ojos negros y los labios rojos abiertos en expresión de carnal dramatismo. El Cristo de los creyentes era el Cristo de los evangelios: un hombre mediterráneo que vive comiendo, bebiendo, charlando con los amigos y relacionándose con las mujeres, y que muere padeciendo tormentos físicos; y cuyas ideas van del bien al mal, del placer al dolor y de la vida a la muerte, sin sombra de dudas metafísicas ni razonamientos ambiguos. Aquélla era una religión de colores y olores, ropas vistosas, romerías, aguardiente, flores y canciones. En su momento, a Anthony, descreído por carácter y convicción, positivista por educación y receloso del menor atisbo de misticismo o sortilegio, la explicación le había parecido satisfactoria pero irrelevante.

Eduardo Mendoza
Riña de gatos. Madrid 1936
Planeta, 2010

Casa del libro

1984Desde que me hice autónomo, emprendedor -diríamos mejor emprendido, por la fuerza de las circunstancias-, o lo que fuera que me hice, disfruto y padezco de libertad de horarios. Así que puedo racionalizar mis compras, optimizar mi tiempo, adecuar mis desplazamientos para evitar las horas punta, limitarlos en la mayor parte de los casos, ese tipo de cosas.
Pero como la fuerza de la costumbre parece ser una fuerza mayor, acabo en una conocida librería de horario amigable para los que trabajan hasta tarde. Una librería pringaos friendly, digamos por decir.

Dentro de la tienda, en este vaticinio de primavera, un grupo de chicas con trazas de haber dejado el uniforme atrás horas antes, con las primeras pinturas de guerra y la promesa del primer puente de la recién estrenada temporada en perspectiva.

Hacen la cola en manada, como esperarían turno en los probadores del bershka, pero con las manos libres, por una vez. Una de ellas -la más resuelta, la más pinturera, la más- viene a comprarse un libro por prescripción docente -1984- que debió empezar a leer semanas atrás, y anda apurada por las fechas. Ha elegido la edición en rústica de Destino, tapa blanda.
Como resuelta no es sinónimo de espabilada, la amiga de la camiseta sin mangas le recomienda que.

Para la amiga sin mangas se ve que no es su primera vez, que ha frecuentado este tipo de lugares antes. Se descubre cierta familiaridad con los formatos, en las maneras de guardar turno, de preguntar al dependiente por una edición de bolsillo, que le busque mientras esperan, total, va para rato.

El dependiente gasta chaleco y flequillo y barba de dependiente de multicadena de librerías reglamentarios, huelga decirlo, y parece habituado y poco pendiente de la manada. Claro que él tiene cosas que hacer, y no solo buscar el libro de bolsillo, preocupaciones y tareas antes del cierre. También sueños y anhelos y urgencias, en eso los dependientes de chaleco verde y pantalón a la cadera no gozan de exclusiva, abundan entre los individuos de cualquier especie o condición, incluso entre los que trasiegan la calle ahí fuera, con los cierres de las tiendas de moda a medio echar y las flores nocturnas invitando al paseo despreocupado y los edificios de oficinas iluminados, algunos despachos sueltos pero en su mayoría iluminando plantas completas, planta sí, planta no, cualquiera diría que no descansan ni en vísperas de puente ni en vísperas de crisis, los gerentes de la cosa, los administradores de sistemas, los abogados de pleitos nobles -tengas y los ganes-, los contadores de la caja del sastre.

Pero los que conocemos el paño y guardamos la cola sabemos que en la mayoría de los casos ya no queda apenas nadie, son sólo las limpiadoras, debería decir limpiadores tal vez, y evitar la generalización de género aunque nadie me escuche y hable sólo para mí, y hay entonces una desazón levísima que me distrae, un aguijonazo de pudor, aunque enseguida le retomo el hilo a la conversación de las chicas del libro de orwell, lo ha mandado Iglesias, el de historia (¿historia?), yo también tengo mis cuitas y mis premuras y un recado pendiente, pero a diferencia del chico del chaleco nada que hacer mientras aguanto la espera y el portátil al hombro -quilos y quilos y quilos a estas alturas del día que se fue-.

Por lo que voy coligiendo hay que tenerse leido hasta el capítulo 9 para el lunes. Será para el miércoles. Cómo para el miércoles, no, para el lunes, es para el lunes, no deja lugar para la duda el tono asertivo de la amiga de las gafas grandes, la segunda, que no disimula un tinte último de satisfacción en sus palabras, como un triunfo, una vindicación que refulge a través de las gafas de pasta pastel, pensadas para unos rasgos más definidos que los suyos. Ella no es resuelta ni espabilada ni frecuenta librerías ni le sientan los tirantes -aún-, pero ha ido leyendo con aplicación cada capítulo a su tiempo y sabe calibrar nueve capítulos para el lunes en su justa dimensión.

Y cada capítulo cuanto dura. La acepción del término duración, insólita para mi mente analógica, no sorprende en la manada de nativas digitales. Dura ésto más o menos, y ésto es un número determinado de páginas prendidas entre sus dedos, se lee fácil, y al decirlo se aligera por un momento la carga de la deuda y asentimos con aprobación, las otras dos amigas que no dicen nada y yo, en verdad es razonable multiplicar por nueve, dividir el resultado por lo que da de sí un puente de primavera largo como una semana santa y sonreir: se lee fácil.

Será para ti. Será para ella. Que no se chine, que la de los tirantes se lo cuenta, si quiere. Se lo sabe de memoria, total, ya se lo había leído el año pasado para ella.

Alguna irracional consigna ha debido cundir entre la población más adolescente para determinar que este año se lleven las bambas y los pantalones blancos, y nadie me ha pasado en informe. Yo venía por una guía de viaje, que me encargó la Nuri, y acabé con la biografía de Benedetti, escrita por Hortensia Campanella, reputada crítico literario, directora del Centro Cultural de España en Montevideo y a la que yo desconocía absolutamente hasta hace un rato, cuando me dió por leer la mención de la contraportada la cajera apuraba los últimos trámites con la pandilla piruleta -la edición de bolsillo, que ya apareció, la bolsa, el tique-, mientras pensaba por un momento en el tal Iglesias, que será posiblemente un hombre más o menos de mi edad, o en todo caso de una edad más aproximada que la de esas chicas que ya salen por la puerta para regresar a ese otro universo del que fuimos expulsados anteayer (cómo, en qué momento), y sigo pensando ahora que ya se marcharon, en qué momento dejaron de llegarme los informes, tal vez el día que empezé a decir bambas, colegir, ese tipo de cosas.

Dos consejos, una confesión

Tras cenar, mientras las mujeres se retiraban prudentemente a la cocina, excluídas motu propio de una conversación que adivinaban si no trascendental cuando menos memorable, Kurt recibió de su progenitor, que fumaba una pipa de maíz y degustaba una cerveza renana, dos consejos y una confesión.

-Procura mantenerte siempre en la retaguardia -comenzó diciendo Joachim Crüwell-. El heroísmo fue algo inventado para los que carecen de futuro.

En virtud de lo cual, Kurt dedujo que su padre era un hombre prudente.

-Procura pasar desapercibido ante tus superiores -continuó diciendo Joachim Crüwell-. Recuerda que únicamente eres un sastre, no un soldado.

En virtud de lo cual, Kurt constató que su padre no sólo era un hombre prudente, sino un alma previsora.

-Creo que de todo esto no va a salir nada bueno -concluyó diciendo Joachim Crüwell mientras mordía su pipa con furia y ahogaba la mirada en la jarra de cerveza.

En virtud de la cual, Kurt comprendió que, además de persona prudente y previsora, su padre tenía miedo.

Ricardo Menéndez Salmón
La ofensa
Ed. Seix Barral

Sin tetas no hay escrituras

Esta mañana, en el Club de Lectura de A vivir que son dos días, Marco Schwartz hablaba de su nuevo libro “El sexo en la Biblia” junto a Óscar López, Manu Berástegui y Montserrat Domínguez.

Decían que la Biblia es el mayor culebrón de sexo y violencia jamás contado. Supongo que sí, en lo que se refiere al Antiguo Testamento. En el nuevo, la cosa se pone mucho más austera y políticamente correcta.

Hacen ruidos como blop (y dejan ir regueros)

avion-sahara-215.jpgTengo por costumbre cuando viajo solo visitar la librería del aeropuerto, de la estación de turno, y rebuscar entre los libros de autoayuda y autoéxito algún libro corto y apetecible, pero no de bolsillo, que no me sobrecargue el equipaje ni me obligue a un compromiso mayor que se extienda más allá del trayecto.

Yo soy así de banal, y de la misma manera que a otros se les antojan determinados dulces típicos de puntuales épocas del año, yo me encapricho de ciertos autores como de las camisas oscuras, simplemente por estar en la ciudad en la que piso.

De mis últimos viajes a Barcelona -esa ciudad prodigiosa donde se han editado más del noventa por cierto de los libros que he leído en mi vida- me traigo siempre la intención frustrada y las ganas de comprar algo de Enrique Vila-Matas, que es un señor al que nunca he leido y del que todo el mundo habla maravillas, tal vez por la generosidad con la que el mismo se prodiga en alabanzas y maravillas en sus artículos, en sus reseñas, en los prólogos y las solapas de los libros de otros, o tal vez no.

Entre la oferta desplegada más allá de los suvenires y las camisetas del barsa, encuentro uno -el último, el penúltimo- de los varios libros de cuentos de Quim Monzó -con reseña contenida y recóndita en la solapa de Enrique Vila-Matas-. Lo sopeso unos instantes, lo ojeo, lo hojeo, me lo pruebo, y tras comprobar que es de mi talla me lo llevo puesto, camino de la puerta de embarque, mientras calculo el tiempo que habré de remolonear antes de empezar a leerlo si pretendo que me dure hasta el aterrizaje en Barajas. Algo más tarde, ya en el avión, me doy cuenta de que el libro será más que suficiente: el cansancio de una larga jornada me invade y se confunde con el cansancio de la gente que viene de hacer cosas importantes.

A mi lado viaja una mujer de mediana edad, con peinado funcional, gafas de montura discreta y ropa tan aburrida como la mía. Consulta una presentación impresa en papel apaisado, y sostiene en su mano una Blackberry, pero no la mira. Pese a ser uno de los últimos vuelos de una tarde entre semana, el avión va lo suficientemente desocupado como para permitir que dejemos libre el asiento central, como en los pasajes de primera, y la mujer pueda acomodar el bolso, el abrigo, un pañuelo a rayas y una cartera de piel, y mi codo pueda aún encontrar sitio en el reposabrazos que me queda más cercano sin incomodarla demasiado.

Cuando despierto, la mujer de al lado toma notas sin cesar en una agenda, con esa ordinaria manía que tenemos los occidentales de trabajar en público, como la de hablar a gritos por en móvil. Sigo leyendo:

En el sueño que tuve justo después de que Beristain muriese de cáncer todo eso no había pasado. Había pasado que Beristain había muerto hacía unos cuantos meses, eso sí, pero yo no me había separado y el piso funcionaba todavía como picadero, aunque por falta de tiempo no iba nunca. Hasta que una noche, la noche de ese sueño, sí que voy. Llego con una chica, con la que me abrazaba ya en la escalera. pero cuando abro la puerta con la llave encuentro el piso completamente lleno de gente. […] Hay tanta gente -docenas, quizás un centenar de hombres y de mujeres que follan en las camas, amontonados como pueden- que no queda espacio libre. Hay tantos que no caben en las habitaciones y tienen que hacer cola delante de las puertas, esperando turno para entrar. Mientras esperan se besan, se acarician, se tocan… Cuando me ven llegar me miran con cara extrañada, como si preguntasen “¿Éste quién es?”, o ¿Qué viene a hacer ahora aquí?” Yo me pregunto “¿Qué hacen estos aquí, de dónde salen, qué hacen en mi piso?”

Pronto descubro que lo que ha pasado es que Beristain un día dejó la llave a alguien, antes de caer enfermo. Ese alguien hizo una copia. Y de la llave de ese amigo hizo una copia otro, que a su vez se la dejó a otro, que hizo otra copia. Cuando Beristain murió el ritmo se aceleró y, uno tras otro, todos se iban dejando la llave para hacer copias, de forma que ahora resulta que centenares de personas de la ciudad tienen copia de la llave del piso y la utilizan cuando quieren.

Me indigno de la cara que tienen, ellos (por ir pasándose copia de la llave de un piso que no es suyo) y Beristain, por haber dejado la llave con la alegría y la poca vista que lo caracterizaban. Decido que al día siguiente cambiaré de cerradura y los echo a todos. A los que follan los separo sin contemplaciones -y cuando las pollas y los coños se separan hacen ruidos como blop, y dejan ir regueros- y les digo que se vayan. Como buenos personajes de sueño, no oponen ninguna resistencia y se van, medio vistiéndose por la escalera, decepcionados por no poder follar donde pensaban hacerlo, pero sin ninguna gran preocupación ni ningún enfado. Y mientras se van pienso que lo que han hecho es un abuso de confianza, pero enseguida dudo si me he pasado echándolos a todos y si, quizas, al menos debería haber sido comprensivo y esperado a que acabasen. Porque, si todos tienen la llave y corren por el piso como si fuera suyo, en parte también es culpa mía por haberme despreocupado de él durante tanto tiempo, por no haber ido más a menudo, por no disfrutar de la vida con la alegría y la ligereza con que lo hacía Beristain.

Quim Monzó
Mil cretinos
Ed. Anagrama
Traducción de Rosa Alapont

Y tú que miras

Yo también soy un cobarde. Y esta tarde me he estremecido al leer una entrada recién publicada en Orsai, el blog de Hernán Casciari:

El sentido del olfato en los trenes

Mi nombre no importa; no voy a presentarme. Lo que importa es mi cara, que aparece de perfil en un video que ahora recorre el mundo. En ese video viajan en metro un español, una ecuatoriana y un argentino. (Parece el principio de un chiste, pero no lo es.) Yo soy el argentino. O quizás en ese video vayan en un vagón una víctima, un verdugo y un cobarde. En ese caso, soy el cobarde. También es posible que en ese tren estén viajando tres animales muertos de miedo, oliendo a diferentes miedos. Pero eso no lo dice nadie.

(continúa en Orsai)

Sólo el cielo es más grande que tú

golDe la introducción a ‘Historias del calcio‘:

El calcio es muy especial[…]. En los estadios italianos, como se sabe, las dos aficiones suelen mantener un diálogo burlón a través de las pancartas. También se pegan y exhiben inscripciones miserables, pero dejemos eso al margen. Escribir una gran pancarta de curva (la grada más barata, donde se concentran los tifosi sfegatati) es un arte que se practica en secreto, para evitar el espionaje rival. Cuando la afición contraria averigua el mensaje, la réplica puede ser demoledora.

En 2001, los gialorrossi de la Roma prepararon un cartel colosal para el derbi contra los biancazzurri de la Lazio. La Roma era campeona y la ocasión merecía la poesía más excelsa. Cuando saltó al césped el equipo romanista, sobre la curva se alzó un texto gigantesco en su honor: “Mira a lo alto, sólo el cielo es más grande que tú”. Segundos después apareció enfrente, en la curva de los laziali, otra pancarta de igual tamaño: “Tenéis razón, es blanquiazul”.

Esas son las ‘historias del calcio’ que más me gustan.

Historias del calcio. Una crónica de Italia a través del fútbol.
Enric González.
RBA Libros

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